Nuevamente nos toca analizar el controvertido suceso de la venta de Iosef, el hijo menos, el amado de Iaakov, por medio de sus hermanos.

La Torá cuenta que uno de los hermanos, Reubén, el primogénito, y como responsable por la integridad de cada uno de sus hermanos y, ultimadamente también por la integridad de su padre Iaakov, decide poner en práctica una estrategia para salvarlo del decreto capital:

"Y lo vieron de lejos, y antes de que se aproximara a ellos se confabularon a matarlo. Y dijeron un hombre a su hermano: “He aquí que viene el soñador. Vamos ahora a matarlo, y arrojémoslo a un pozo y digamos que una fiera lo devoró, y veamos que será de sus sueños”. Y escuchó Reubén, y lo salvó de sus manos, y les dijo: “No matemos a un hombre”. Y les dijo Reubén: “No derramen sangre, arrójenlo a este pozo que está en el desierto, pero no levanten su mano sobre él”, con intención de rescatarlo de sus manos y retornarlo a su padre". (Bereshit 37, 20-22)

Si nos ponemos a ver, en realidad, Reubén no logró salvar a su hermano, ya que finalmente Iosef fue vendido, y así no pudo materializar su intención de regresarlo a las manos de su padre.

 

Dice el Sefat Emet: "Ciertamente Reubén hizo una acción con intenciones puras y verdaderas. Y cuando volvió al pozo y se percató que su hermano no estaba, pensó que su plan no tuvo éxito alguno. Pero la Torá atestigua que realmente lo salvó de una muerte segura, ya que sin la propuesta de Reubén, sin lugar a dudas Iosef hubiera muerto. Esto nos enseña sobre cada una de las intenciones que tengamos en la vida, pues si son verdaderas y persiguen un buen fin, a pesar de no alcanzar su objetivo, de cualquier manera no se consideran que fueron de balde, y tendrán repercusión a corto o largo plazo".

Hemos escuchamos infinitas veces la trillada frase: "La intención es lo que cuenta". Y es verdad. Sin embargo, es necesario aclarar que para que realmente cuente deberá ir acompañada a una acción, aquella que demuestre la veracidad de esos magníficos pensamientos. 

Más tarde, con la ausencia de Reubén, Iehuda, otro gran líder de la fraternidad, con la misma iniciativa logra por segunda vez proteger a Iosef convenciendo a sus hermanos de venderlo a una caravana de comerciantes Ishmaelim, en vez de aplicar sobre él la pena capital.

"Y dijo Yehudá a sus hermanos: “¿Qué beneficio tendremos al matar a nuestro hermano, y debamos cubrir su sangre? Vayamos y vendámoslo a los Ishmaelim, más nuestra mano no pongamos sobre él, pues es nuestro hermano, y carne de nuestra carne. Y escucharon sus hermanos."

Aparentemente estas dos formas de comportamiento son sumamente loables, ya que tenían como propósito doblegar una acción justa, pero cruel, ante los sentimientos de piedad y hermandad. No obstante las dos fueron criticadas, y solamente una de ellas ameritó también ser elogiada; la de Iehuda. ¿Por qué?

Dice Rashí. "Reubén dijo para sí: Yo soy el primogénito, el mayor de todos, sin duda sobre mí recaerá la culpa."

Explica el Maharshál, ZT”L: "Más adelante, en la parashá Vaiehí, Iaakov bendice a Iehuda por haber dicho: '¿Qué beneficio tendremos al matar a nuestro hermano?'.
Cualquiera se preguntaría ¿Por qué no bendijo también a Reubén por sus intenciones de salvarlo (y no venderlo) para entregarlo nuevamente a su padre? Sin duda las intenciones de Reubén no estaban limpias de intereses personales, ya que su propósito era salvar también su honor de primogénito.”

Esto se comprueba unos versículos adelante, cuando por fin lo sacan del pozo, en ausencia de Reubén, y lo venden a los comerciantes. Cuando regresa Reubén y repara que Iosef ya no está, dice: "El niño ya no está, y yo ¿A dónde Iré?" (37, 30)

Rashí explica que su intención fue decir "me escaparé del sufrimiento de papá."

Vemos que Reubén no fue motivado plenamente por su sentido de responsabilidad; sus intereses personales también lo empujaron a actuar de esa manera. Finalmente un doloroso sentimiento de culpa lo envuelve, hasta el punto de no querer encontrarse con su padre y absorber de forma frontal su pena y dolor.

Por otro lado, Iehuda no dudó ni un segundo en su decisión, el pensó que vender a Iosef sería la mejor manera de mantenerlo protegido de sus hermanos, aunque de esto surgiera un inmenso dolor a su padre. Esta actitud Iaakov la consideró como muestra inequívoca de que él debía ser el líder. Pues demostró determinación, firmeza, capacidad de resolver dificultades en momentos apremiantes, y disposición para recibir sobre sí grandes responsabilidades.

En conjunto estas cualidades le trazan a la persona un camino y una dirección sobre la cual podrá transitar firme y seguro y, a la vez, tener la posibilidad de conducir a otros.

Cuando falta uno de estos elementos, la persona pierde fuerza personal, la duda y el miedo lo acosan y, en ocasiones, lo orillan a escaparse de sus problemas, o a evadir responsabilidades. Y eventualmente tampoco conseguirá dirigir a los demás, pues el norte se le planteará como una visión confusa.

De esta manera, las actitudes de Reubén y Iehuda, son parámetros, o catalizadores, para conocernos internamente, para determinar si contamos con ideas y principios firmes que nos conduzcan a tomar decisiones correctas en las situaciones más sensibles de nuestra vida espiritual, personal y familiar.

Shabbat Shalom

Adaptación