“Moshé habló a los jefes de las tribus de los hijos Israel, diciendo: ‘Esto es lo que Hashem ordenó: Si un hombre expresa un voto a Hashem o un juramento para obligarse a cumplir una prohibición, no profanará su palabra; conforme a lo que dijo, hará’” (Bamidbar 30:2-3).

Entendidos literalmente, estos versículos hablan acerca del mandamiento de cumplir las promesas y que está prohibido faltar a ellas. Además de este mandamiento de cumplir con lo que uno promete, la Torá enuncia una prohibición que Lo yajel debaró, que literalmente significa ‘No profanará su palabra’, lo cual implica, tal como Rashí lo señala, que no debemos traicionar nuestra palabra convirtiéndola en julín, en ‘algo profano’.

Si bien es cierto que en general uno debe cuidar el habla y mantener la pureza, el versículo señala que si uno no cumple con su palabra, la palabra se profana, se vuelve julín. Si, por el contrario, la usa adecuadamente y cumple sus promesas, la santifica.

Indudablemente el mérito de las personas con un elevado nivel espiritual, es decir, por el gran mérito que tienen, Dios hace que se cumplan sus bendiciones. Los sabios afirman: “El tzadik decreta y el Santo, bendito sea, lo cumple”1.

 

Las palabras de una persona justa tienen un impacto en el Cielo; sus rezos son aceptados y sus bendiciones se cumplen. El habla de los tzadikim es especial porque todo lo que dicen da frutos, pues ha logrado conservar el gran poder que el habla tiene.

Este versículo nos dice que también el hecho de cumplir la palabra es lo que hace que su palabra sea sagrada y, al contrario, cuando uno falla su palabra, su habla se profana. El Séfer Jasidim señala que cuando una persona cumple lo que dice, lo que dice se cumple. Por eso las bendiciones de los tzadikim se cumplen: cuando ellos cumplen lo que dicen, Hashem hace que lo que ellos dicen se cumpla.

Debemos estar atentos a lo que decimos y cumplir con lo que prometemos. Ya sean votos, nedarim o promesas, debemos ser cuidadosos y cumplir con lo que decimos. De esa manera lograremos conservar la santidad que tiene la palabra y mantener así la fuerza que Dios le dio. Al fin y al cabo, Dios creó el universo con palabras: las palabras tienen el poder de crear y modificar la realidad física.

1 Talmud, Taanit 23a.